Vigilar a los monopolios tecnológicos, por salud (II)

La amenaza de las plataformas de Internet que operan como monopolios debería ser una preocupación principal para todos. Por el bien de restaurar el equilibrio en nuestras vidas y la esperanza en nuestra política, es hora de perturbar a los disruptores, de vigilar sus posiciones de dominio que impiden la competencia.

Nos advirtieron. El inversionista y fundador de Netscape, Marc Andreessen, escribió un ensayo ampliamente leído en 2011 titulado “Por qué el software se está comiendo el mundo”. Pero no lo tomamos muy en serio; pensamos que era solo una metáfora. Ahora nos enfrentamos al desafío de extraer al mundo de las fauces de los monopolios de las 2-3 plataformas de Internet que dominan el mercado.
Cada ola de nueva tecnología aumentó la productividad y el acceso al conocimiento. Cada nueva plataforma era más fácil de usar y nos resultaba más cómoda y conveniente. La tecnología impulsa la globalización y el crecimiento económico. Durante décadas, hizo del mundo un lugar mejor. Supusimos que siempre lo haría.

Sin embargo, en 2016, Internet reveló dos lados oscuros. Uno está relacionado con los usuarios individuales. Los teléfonos inteligentes con infraestructura móvil LTE (4G) crearon la primera plataforma de entrega de contenido que estaba disponible en cada momento del día, transformando la industria de la tecnología y las vidas de dos mil millones de usuarios. Con poca o ninguna supervisión reguladora en la mayor parte del mundo, compañías como Facebook, Google, Amazon, Alibaba y Tencent utilizaron técnicas comunes en la propaganda y el juego de los casinos, como notificaciones constantes y recompensas variables, para fomentar la adicción psicológica.

El otro lado oscuro es geopolítico. En los Estados Unidos, Europa Occidental y Asia, las plataformas de Internet, especialmente Facebook, permiten a los poderosos dirigir a su favor a los débiles en política interna, política exterior y comercio. Las elecciones en Europa y en los Estados Unidos han demostrado repetidamente que las redes sociales automatizadas pueden explotarse para socavar la democracia. También en Cataluña.

El referéndum Brexit y las elecciones presidenciales de los EEUU en 2016 también revelaron que Facebook proporciona importantes ventajas relativas a los mensajes negativos sobre los positivos. Los gobiernos autoritarios pueden usar Facebook para promover el apoyo público a las políticas represivas, como puede estar ocurriendo ahora en Myanmar, Camboya, Filipinas y en otros lugares. En algunos casos, Facebook realmente brinda soporte a dichos gobiernos, como lo hace con todos sus grandes clientes.

Es probable que los fundadores de Facebook, Google y otras plataformas importantes de Internet no tenían la intención de causar daño cuando adoptaron sus modelos comerciales. Eran jóvenes empresarios, ávidos de éxito. Pasaron años creando un gran público al reorganizar el mundo en línea en torno a un conjunto de aplicaciones que eran más personalizadas, prácticas y fáciles de usar que sus predecesoras. Y no intentaron monetizar sus esfuerzos hasta mucho después de que los usuarios se engancharan. Los modelos de negocio con trasfondo publicitario que eligieron fueron fuertemente personalizados, lo que permitió a los anunciantes enfocar sus mensajes con una precisión sin precedentes.

Con el teléfono inteligente, que transformó todos los medios de comunicación tradicionales y puso efectivamente a Facebook, Google y otros pocos en situación de controlar el flujo de información a los usuarios. Los filtros que dan a los usuarios “lo que quieren”, tuvieron el efecto de polarizar las poblaciones y erosionar la legitimidad de las instituciones democráticas fundamentales (en particular, la prensa libre, con todos los matices posibles). Y la automatización que hizo que las plataformas de Internet fueran tan rentables, las dejó vulnerables a la manipulación de operadores ilícitos en cualquier lugar del mundo, incluyendo gobiernos autoritarios hostiles a la democracia.

Estas empresas, con su ambición y alcance global, se están comiendo la economía mundial. En el proceso, están adoptando versiones de la filosofía corporativa de Facebook: “moverse rápido y romper cosas”, sin tener en cuenta el impacto en las personas, las instituciones y la democracia. Una gran minoría de ciudadanos en el mundo desarrollado habita burbujas de los filtros creados por estas plataformas: realidades digitales falsas en las que las creencias existentes se vuelven más rígidas y extremas.

En los EEUU, aproximadamente un tercio de la población adulta se ha vuelto impermeable a las nuevas ideas, incluidos los hechos demostrables. Estas personas son fáciles de manipular, un concepto que el antiguo especialista en diseño de Google, Tristan Harris, llama “pirateo cerebral”. De hecho, Internet como decía Zygmunt Bauman en su libro “Vida de consumo”, abre posibilidades que la vida real negaba. La posibilidad de lograr reconocimiento para una identidad sin siquiera adoptarla realmente. Así tenemos diez mil amigos que en nuestra vida vamos a ver cara a cara. Se construye una vida envidiable, el ego está en todo su esplendor porque el usuario de Facebook y Twitter supone que hay del otro lado alguien que está interesado en su vida. Que seguro, lo hay. Es el espacio del chismerío de la vida moderna. Los perfiles de las redes sociales son construcciones que nacen y mueren ahí, que fuera del mundo virtual son imposibles de sostener. La socialización virtual sigue el patrón del marketing y sus herramientas electrónicas están hechas a la medida de sus técnicas. Flota en el aire pues una especie de narcisismo exacerbado, de ombliguismo que deriva en sociedades que privilegian las apariencias sobre las esencias. El ser y el parecerse confunden. Y es aquí donde pueden surgir problemas cognitivos y comportamientos adictivos.

No me gustaría que quedara, de la lectura de esta entrada, una sensación sólo negativa. Estas plataformas de tamaño excepcionalmente grandes que copan, en ocasiones, casi la totalidad del mercado, nos ayudan a estar mejor conectados, a acceder a fuentes casi infinitas, a criticar y demandar a poderosos y falsarios, … Si la revolución francesa garantizó la libertad individual, esta cuarta revolución postindustrial, profundiza en ella, si bien, su otra cara es que pueden, como acabamos de señalar, generar adicción y hasta un cierto deterioro cognitivo por acudir a ellas ante cualquier duda y sin dar tiempo a la memoria a que recuerde.

Y sus algoritmos pueden propiciar tendencias interesadas, generalmente dictadas por lobbies que defienden sus intereses que, casi nunca, son los de todos. Los gobiernos y los reguladores deberían poder intervenir y pedir ciertas modificaciones en estos algoritmos para conseguir un mayor interés social y no sólo comercial. No podemos frenar la innovación con una regulación atosigante, pero, en palabras de Harding, hay que conectar más y mejor el valle (Sillicon Valley) con la colina (Capitol Hill). Toda revolución es “morally messy”, pero como dice McNamee hay que “disrupt the disrupters” pues su fuerza operativa y sus beneficios exorbitantes, no parecen que tengan límites.

Las democracias occidentales no están preparadas para enfrentar esta amenaza. EEUU no tiene un marco regulatorio efectivo para las plataformas de Internet y carece de la voluntad política de crear uno. La Unión Europea tiene un marco regulador y la voluntad política necesaria, pero se ve desbordada ante el desafío. El reciente fallo de la UE contra Google -una multa récord de 2.700 millones de dólares por conducta anticompetitiva– fue un esfuerzo bien concebido y titánico de un puñado de altos funcionarios de la DG encargada de hacer frente al “dumping”, pero insuficiente en lanzar una señal inequívoca de que estas prácticas serán fuertemente penalizadas. Google apeló, y sus inversores se encogieron de hombros y miraron a otro lado. Puede ser un buen comienzo, pero claramente se requieren más recursos e interés político al más alto nivel en reforzar estas estructuras administrativas que son de primerísimo nivel.

Estamos en una coyuntura crítica. La conciencia de los riesgos planteados por las plataformas de Internet está creciendo, pero la conveniencia de los productos y la adicción psicológica a ellos es tal que puede tomar una generación entera que los usuarios cambien. Nos pueden iluminar las campañas antitabaco. El reconocimiento del efecto corrosivo de los monopolios de plataformas de Internet sobre la competencia y la innovación es mayor en Europa que en los EEUU, pero nadie ha encontrado una estrategia reguladora efectiva que no frene la innovación, pero impida prácticas anticompetitivas. También está creciendo la conciencia de que las plataformas pueden manipularse por fuerzas ocultas que quieran debilitar la democracia, la llamada DarkWeb o DarkNet, pero los gobiernos occidentales aún deben idear una defensa efectiva que amortigüe sus efectos.

Los desafíos planteados por los monopolios de plataformas de Internet requieren nuevos enfoques más allá de la aplicación de la legislación antimonopolio. Debemos reconocer y abordar estos desafíos como una amenaza para la salud pública. Una posibilidad es tratar las redes sociales de una manera análoga al tabaco y al alcohol, combinando educación y regulación.

Estos titanes tecnológicos han pasado de hacer del mundo un lugar mejor a ser acusados de demasiado grandes, anticompetitivos, adictivos y destructores de la democracia, ¿es esto así?. Parece razonable que los reguladores les multen, los políticos les acusen que tanto poder genera daño a los consumidores, pero no hay evidencia robusta que el teléfono inteligente conlleva infelicidad o que las noticias falsas sean un fenómeno exclusivamente online, ni mucho menos. El riesgo está en que las medidas que se tomen no dañen potenciales progresos que viene de la mano de la innovación. Las economías de escala conseguidas por estas plataformas no son desdeñables. No hay soluciones simples. Una puede ser hacer un uso más efectivo de las leyes para favorecer la competencia. El camino emprendido por la UE alienta y reconforta. Una segunda es proteger a los consumidores dándoles sólidos derechos como individuos en temas como titularidad, privacidad e intercambio de datos.

Si queremos restaurar el equilibrio en nuestras vidas y la esperanza en nuestra política, hay que vigilar activamente los movimientos de estos monopolios tecnológicos. Veremos pues hasta ahora es David frente a Goliat. Y, por último, otra patata caliente a la que no se está poniendo suficiente atención, son las criptomonedas y, quizá cuando se quiera actuar sea tarde.

Agradecimiento: a mi hija Alicia, por su feedback

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