Una enfermedad llamada paro

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Keynes publicó en 1930 un ensayo titulado Posibilidades económicas de nuestros nietos. En él predecía que disfrutaríamos de 100 años de elevadas tasas de crecimiento económico, tras los cuales la renta per cápita media en los países occidentales sería entre cuatro y ocho veces mayor que cuando se publicó. Como resultado de este fuerte incremento del bienestar, nuestro problema económico, que Keynes caracterizaba como “la satisfacción de nuestras necesidades básicas”, estaría resuelto. Esto permitiría que el ocio aumentara drásticamente, hasta el punto que nos bastaría con una jornada laboral de tres horas al día para alcanzar el nivel de vida deseado.

La primera parte de la predicción resultó correcta. No cabe duda de que las ocho décadas que han pasado desde el pronóstico han supuesto un enorme crecimiento de la riqueza material. Por el contrario, en la segunda parte de su predicción no acertó. No sólo no trabajamos menos, sino que para los que tenemos la fortuna de trabajar, lo hacemos durante muchas más horas que las tres previstas por Keynes. Más bien caminamos a una situación como la de la viñeta que acompaña a esta entrada, conjugándolo con un paro, que en España, supone un problema de una magnitud aterradora y de muy difícil solución. Unos no tenemos más tiempo de ocio y a otros les sobra el tiempo libre forzoso. Y no parece que a pesar de la innovación tecnológica este escenario cambie radicalmente. Cualquier informe de prospectiva señala que existe un riesgo de desempleo estructural y que aunque la economía crezca, el crecimiento puede ser sin generar empleo, muy especialmente en población poco calificada.

Hace 25 años defendí mi tesis doctoral. Se trataba de un estudio epidemiológico sobre la relación entre el desempleo y el estado de salud, comparando empleados (501) con parados (567) en edad de trabajar del municipio de Madrid, utilizando un cuestionario que se pasó en los domicilios. La variable dependiente era el estado de salud y la independiente la actividad laboral (empelado/desempleado, con/sin subsidio, empleo eventual/estable y duración del desempleo).

Los resultados fueron una mayor prevalencia de problemas de salud percibida y auto informada en la población de desempleados frente a la de empleados. Los inventarios de síntomas crónicos y agudos también dieron unos resultados peores. Y las puntuaciones en GHQ y NHP fueron mayores (peor salud mental) en los desempleados.

En el análisis del camino crítico efectuado se comprobó los factores que influyen positiva (soporte familiar, social y económico) y negativamente (estrés económico y vital) en la salud de los desempleados.

Se delieitaron poblaciones más vulnerables (varones de edad media e individuos pertenecientes a clases sociales bajas con escasa calificación profesional). Además utilizaban menos y peor los recursos sociosanitarios existentes. Había pues una consistente asociación entre desempleo y salud.

Se precisan otros diseños para probar causalidad. El estrés económico es el que más y mejor nos explicó cómo se llega de una situación a la otra. El soporte familiar amortigua y alivia. Recuerdo que a finales de los 80 del siglo pasado España tenía un paro del 25% y los subsidios no estaban generalizados. 25 años después estamos en una situación parecida. Si repitiéramos el estudio los resultados no diferirían mucho.

Las poblaciones más vulnerables son conocidas: percepción económica agotada, escaso soporte familiar, baja calificación profesional que dificulta empleabilidad y extracción socioeconómica baja. Es aquí donde tienen que ir los recursos públicos tras la austeridad aplicada a los programas de protección social. Y no parece que las políticas vayan en esta dirección.

A continuación, enumeramos posibles amortiguadores necesarios ante una situación tan preocupante como la que tenemos en España y de la que no s e vislumbra arreglo en el corto y medio plazo: distribuir recursos sociosanitarios en función de necesidades; mejorar la accesibilidad; entrenar a los profesionales de atención primaria en la detección de problemas de salud con este origen; promover redes de apoyo social y de autoayuda que llenen de un contenido de utilidad el tiempo libre forzoso; recalificación y reciclaje en jóvenes que abandonaron prematuramente los estudios; mejorar las estrategias de búsqueda y creación de empleo a través de la colaboración entre iguales; luchar contra la desconsideración social hacia el desempleo desde las escuelas y disponer de más espacios físicos (culturales, deportivos, recreativos,…) que faciliten la interacción social. La inacción nos llevara a que nos sorprendan estadísticas como el incremento de suicidios y de determinadas patologías mentales.

Por último, es imperativo sanear el sistema económico y el marco de relaciones laborales. También adecuar la oferta universitaria a las necesidades del mercado laboral. Las aptitudes más demandadas los próximos 20 años van a ser muy distintas, lo que obliga a un replanteamiento pedagógico más experimental y relacional en el modo de aprendizaje, frente a la teoría y memorización tradicional. España es el país más desigual de la UE y el tercero en cuanto a coeficiente de Gini. Dada la tendencia a prolongarse una salida real a la crisis a medio plazo, el Estado debe asegurar la igualdad de oportunidades si quiere evitar la inestabilidad política. También los esfuerzos han de dirigirse a la preservación del Estado del bienestar, adaptándolo al equilibrio entre gastos e ingresos, pero también con un sistema fiscal eficaz y equitativo. Sin sacrificar la equidad, hay que lograr que las clases medias altas y altas se beneficien de este Estado del bienestar, siendo partícipes de un esfuerzo que no vean como algo ajeno para que estén dispuestas a financiarlo y evitar un Estado asistencial. En la UE, si recuperara el liderazgo perdido, habría que preservar en la idea de un modelo que combinara innovación y competitividad con una protección social avanzada. Los países nórdicos lo han hecho con un éxito razonable. Veremos.

 

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