La diseminación de las tecnologías sanitarias a la práctica clínica.

Es razonable pensar que existen numerosas barreras entre la investigación y la clínica. Sin embargo, hay notables excepciones que demuestran que cuando no existen tales barreras, la investigación mejora en cantidad y calidad y, por ende, la práctica clínica mejora sus resultados en salud. De ahí el énfasis en poner de manifiesto la necesidad de una investigación que facilite la aplicación clínica práctica de los conocimientos adquiridos en la investigación básica. A pesar de lo cual, la investigación clínica aplicada sigue siendo un gran reto.

De la investigación básica a la clínica. De la biotecnología sanitaria a la salud de la población, pasando por los enfermos y la enfermedad. Es la cadena de valor, que requiere una visión unitaria, sin solución de continuidad, entre el conocimiento, su desarrollo, la aplicación de la tecnología y la consecución de las mejores y mayores evidencias científicas. Es la secuencia investigación-desarrollo-innovación.

Al mundo científico, académico y universitario le preocupa la implantación del conocimiento; al mundo empresarial le preocupa la implantación de la nueva tecnología; y al mundo profesional le preocupa la implantación de las evidencias científicas. Son intereses distintos para una misma cosa: la aplicación práctica de la ciencia. Esto hace que numerosas tecnologías se introduzcan en el mercado de forma vertiginosa, antes incluso, a veces, de que existan evidencias ciertas de su eficiencia, efectividad o seguridad a medio y largo plazo.

En definitiva, los resultados finales dependerán de la implantación en la práctica clínica de las innovaciones tecnológicas y para eso hay que contar, desde el principio, con los profesionales. Es en éste proceso en el que se nota la lejanía entre el mundo de la tecnología sanitaria y el mundo real en el que se aplica. La tecnología parece que busca, más bien, la patología mientras que el médico se interesa preferentemente por la enfermedad. Es una diferencia sutil pero muy importante a la hora de enfrentarse con el problema.

En un mundo globalizado sólo es posible conocer la magnitud e impacto del progreso a través de la experiencia propia y ajena. El mundo académico-universitario no puede quedar al margen del desarrollo inicial de la innovación. Por tanto, el progreso médico “publicado” es el referente, y este progreso tiene su origen en las instituciones que manejan el conocimiento médico y lo aplican (básicamente las universidades y las instituciones sanitarias). El binomio Universidad-Hospital es, en general, el origen de la producción biomédica de mayor cantidad y calidad en la mayoría de las naciones desarrolladas.

Por su parte, las organizaciones sanitarias han de velar, de forma constante, para no verse sorprendidas por las nuevas tecnologías, sobre todo si se tiene en cuenta que todo lo que sea científicamente posible probablemente se acabará realizando. Ambos mundos han de estar coordinados, desde el inicio, en la definición de las posibles aplicaciones, en su desarrollo, y en su implantación.

La táctica de considerar al médico como un simple consumidor de los nuevos avances es equivocada, resulta cara para el sistema sanitario, y probablemente inútil en gran medida, además de frustrante para el médico. La salud no es un negocio y la política sanitaria, debe buscar un equilibrio entre innovación, calidad ofrecida y coste. Ello  afecta, selectivamente, a las empresas dedicadas a la salud dentro de la biotecnología, que son la mayoría y que podrían fracasar si no tienen muy en cuenta los tres factores mencionados y hacen que sea muy corta la distancia entre ellas y los profesionales que aplican sus innovaciones.

Por otro lado, las estrategias innovadoras deben de tener su recompensa y ésta ha de ser proporcional al esfuerzo innovador. Ello obligará, naturalmente, a reconocer más el esfuerzo del promotor pero también a contar más con el destinatario y con quien, finalmente, la aplicará.

Una paradoja, esperamos que transitoria, es la coexistencia de un aceptable desarrollo de la biotecnología en el ámbito de las ciencias de la salud junto a una muy limitada aplicación. La rapidez del desarrollo tecnológico no ha ido paralela a una rigurosa valoración de la eficacia clínica y menos aún al beneficio que reporta a la sociedad.

En tal sentido, es preciso avanzar y mejorar en tres aspectos: el rendimiento terapéutico, la relevancia clínica y la generalización de su uso.

En cualquier caso, un buen sistema sanitario debería conciliar el acceso a la tecnología con el impacto en la calidad de los servicios prestados y el coste de dichos servicios. Gastar más, no implica, necesariamente, conseguir una mejor asistencia o unos mejores resultados en salud.

De todo lo expuesto anteriormente, se infiere que, el principio que guía el proceso de evaluación e introducción de cada nueva tecnología se fundamenta, como no podría ser de otra manera, en pruebas científicas pero es crucial la colaboración con los profesionales implicados, la disponibilidad de información auténticamente relevante y un acercamiento global entre los sectores implicados: técnico, clínico, social, económico y ético.

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