La asistencia sanitaria y el médico ante el final de la vida

En los países desarrollados la esperanza de vida al nacer ha doblado su cifra durante el siglo XX y lo que llevamos del presente XXI. La explicación a este marcado crecimiento hay que atribuirla al desarrollo socio-económico  a las mejoras en la educación y el medio ambiente, a un mayor control de comportamientos y estilos de vida poco saludables y a los avances médicos que han venido de la mano de la innovación y el desarrollo tecnológico. En jerga de salud pública es lo que se conoce, desde hace tiempo, como los determinantes de la salud.

El progresivo envejecimiento de la población y los retos que provoca en el tejido social y sanitario, está poniendo en jaque a los sistemas de protección social propios de los países desarrollados. La prolongación de la vida tiene un impacto económico nada desdeñable y afectan al sistema de pensiones.  Procesos degenerativos seniles y pre-seniles, patologías crónicas múltiples, dependencias como consecuencia de enfermedades previas y recidivantes, y un largo etcétera de padecimientos,…..generan importantes necesidades de atención a las que hacer frente, algunas desde una perspectiva social y otras desde la sanitaria.

Los costes sanitarios no aumentan especialmente en proporción a la edad “per se” y sí que crecen, y mucho, a medida que se acerca la muerte. Y esto es así a cualquier edad. Esta circunstancia junto a otras de índole médico y ético, han propiciado el interés actual sobre los retos que la sanidad y sus cuidados tienen ante las crecientes demandas de atención de las personas en el final de sus vidas.

Los cuidados de los pacientes que se sabe son terminales ha abierto un debate sobre la eutanasia voluntaria. En Holanda la eutanasia activa está regulada legalmente en el sentido de que el paciente la solicita y el médico, si se ajusta a la norma, actúa. En algunos cantones de Suiza y en el estado de Oregón (EEUU) se han aprobado leyes que permiten algunas formas de suicidio asistido por el médico. Sin duda, la idea de que la persona tiene derecho a elegir, voluntaria y conscientemente, el momento de morir está ganando arraigo social.

Existe una ética de mínimos que incluiría a la justicia y a los derechos humanos y otra ética de máximos donde, por ejemplo, estaría la solidaridad entendida como una exigencia. Quedaría por dilucidar dentro de este rango donde estaría el derecho a una muerte digna de carácter voluntario y personal, que aleje y evite por completo el encarnizamiento terapéutico en un empeño de añadir más tiempo a la vida pero con una calidad ínfima.

La perspectiva bioética trata del derecho a la No mala muerte. Si la persona sufre de forma insoportable, en la fase terminal, la sedación de la consciencia pasa a ser vital. Previamente, las Unidades de Cuidados Paliativos juegan un papel clave en el manejo terapéutico integral de estos pacientes con dolores y sufrimiento difícilmente soportables. Las “buenas muertes” existen y requieren de buenas dosis de entereza y valentía, además de una atención familiar y socio-sanitaria de calidad, que como bien sabemos no siempre es posible, ni en ocasiones, está disponible.

Las directrices previas ante la muerte, el consentimiento informado para retirar terapias, el evitar el encarnizamiento terapéutico y las prácticas fútiles, son aspectos esenciales y consensuados por todos en el derecho a una buena muerte o muerte digna. El debate abierto y donde no hay todavía un consenso social amplio, es el de si es posible retirar soportes vitales a una persona que no lo está pidiendo, aun cuando la situación clínica sea de irrefutable irreversibilidad.

El paciente tiene derecho a una información pronostica veraz y a la posibilidad de una segunda opinión médica, respetando la autonomía de la voluntad y la capacidad de decisión individual, siempre que su estado lo permita. Sin embargo, hay que ser cautos con los pronósticos y su falta de precisión sobre la fijación del final de la vida. Los últimos momentos de la vida deben ser concebidos como algo más que dolor, dependencia e indignidad. Nadie debería morir solo.

El profesional sanitario debe propiciar que el paciente muera como un ser humano, acompañado y con el menor sufrimiento posible. La Medicina tiende a conseguir el control sobre la vida y a mantener siempre la vida y la salud el mayor tiempo posible. Podríamos decir que esta prolongación de la vida, es a la vez el mayor éxito de la Medicina (ganamos años en número) pero también su fracaso (muchos de los años ganados son con unos niveles de calidad de vida bajos y en ocasiones, inaceptables).

Quizá sea imposible escribir un final completamente feliz a la película de nuestra vida, sea de mar o de tierra adentro, pero sí debemos utilizar todos los medios que la moderna medicina nos ofrece para que sea digno y acorde con los derechos básicos de las personas.

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