¿Se puede medir la felicidad ?

El libro “La Felicidad: lecciones de una nueva ciencia” de Richard Layard publicado en 2005, es una obra que consigue que reflexionemos sobre lo que de verdad merece la pena en la vida. Layard es uno de los economistas más conocidos en el Reino Unido y un experto en desempleo y desigualdad. Fundó el Centro de Investigación Económica de Europa adscrito a la London School of Economics. A lo largo de sus páginas demuestra que el incremento cuantitativo de la renta personal y colectiva sólo se traduce en mayor bienestar hasta un determinado umbral, relacionado con el nivel de subsistencia y desarrollo. A partir de ese umbral, los incrementos adicionales en el nivel de renta no producen más bienestar sino más dependencia del consumo y mayor tendencia al acaparamiento acumulador de las últimas novedades. Podemos prevenirlo y evitarlo, cambiando objetivos, no buscando más renta sino más calidad de vida, lo que implica disminuir el consumismo y el instinto posesivo.

Una sociedad no puede prosperar sin cierta sensación de compartir objetivos. Si la única meta es alcanzar lo mejor para uno mismo, la vida se vuelve demasiado agotadora, demasiado solitaria, y conduce al fracaso. Todo el mundo necesita sentir que “existe para algo más”. Solamente este pensamiento ya elimina presión. La vida es para vivirla. La felicidad viene de dentro y de fuera. Se puede combatir los males del mundo al tiempo que se cultiva el espíritu.

Hemos progresado mucho en la elaboración de indicadores que miden el bienestar social y el individual,  pero, aún no hemos sido capaces de incorporar al  PIB  el bienestar o malestar de la ciudadanía. Sólo prestamos atención a la riqueza y el crecimiento económico, dejando fuera aspectos como las desigualdades sociales, el medio ambiente y la salud pública.

La pasada presidencia francesa de la UE de 2008, sirvió, entre otras cosas, para que el Presidente Sarkozy encargara un informe sobre la forma en que se mide actualmente el progreso económico y social, solicitando propuestas de mejora a Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean Paul Fitoussi. Hace algo más de tres años, la Comisión publicó el informe. La OCDE ha recogido el testigo y se está progresando en el desarrollo de un nuevo indicador con más dimensiones que las recogidas en el PIB. Este informe incide en que el PIB no captura ciertos fenómenos que tienen un impacto cada vez mayor sobre el bienestar de los ciudadanos. Por ejemplo, los atascos de tráfico provocan crecimientos del consumo de gasolina (que forma parte del PIB), sin embargo,  no se refleja la merma de la calidad de vida de los atascados. Tampoco se recoge correctamente el deterioro del medio ambiente por emisiones dada la implantación débil de los protocolos internacionales al respecto.

Si estamos de acuerdo en que la información es un bien público, cuanto más informados estemos de lo que ocurre, mejor será la calidad de las decisiones públicas. Los autores avanzan en la propuesta situando a los ingresos, consumo y vivienda (y su reparto) como otras medidas de la actividad económica, a considerar en el “nuevo PIB”, además de la medida de la producción. Como medidas del bienestar, los autores señalan los recursos materiales para la vida cotidiana, la salud, la educación, las actividades personales, el trabajo, la voz política, la gobernanza, las relaciones y conexiones sociales, el medio ambiente y la inseguridad. Y ello en el contexto de una situación económica, per se muy compleja por la globalización y baqueteada por las crisis cíclicas. También se apunta a que los gobiernos juegan un papel importante en dar seguridad de naturaleza individual y en la provisión de servicios médicos y educativos. Las encuestas públicas deben contener información objetiva y subjetiva sobre la calidad de vida de los ciudadanos.

El sentido común nos empuja a empezar con la pedagogía ciudadana acerca de para qué sirven y cómo se elaboran los indicadores que utilizan las oficinas que producen estadísticas oficiales, donde no se manipula, su rigor es indudable, a pesar de la desconfianza que hay hacia determinadas estadísticas cuando se hacen públicas. Aunque el PIB no sirva para conocer la salud infantil, ni la calidad de la educación o de la democracia, sigue siendo la medida de muchas cosas importantes, tantas que existe un enorme consenso sobre la necesidad de utilizar el PIB y el PIB per cápita como indicadores de crecimiento y riqueza.

El informe dictaminó lo esperado: que la riqueza no implica necesariamente mayor bienestar, que el PIB no recoge pérdidas de calidad de vida por los atascos, la contaminación atmosférica, el ruido o la ansiedad inherente a la coyuntura económica. Tales conclusiones son igual de ciertas que inútiles. Existen indicadores sintéticos de bienestar social que consideran educación, asistencia sanitaria, además de renta. Pero siguen sin detectarlo con finura, se acaba confundiendo con la normalidad. Se detecta mejor el malestar en términos de paro, inflación, pauperización, etc….Además la selección de variables y su peso haría difícil el consenso de indicadores comunes  para todos los países de la UE. Puede que sea la crisis y el cuestionamiento hacia la falta de supervisión no sesgada de ciertas conductas del mercado lo que explican las dudas hacia el PIB. Sin embargo, dejar sólo a los políticos que nos digan cómo somos de felices, te lleva al Animal Farm de Orwell. Si proliferan muchos indicadores, seguro que determinados grupos de presión los pueden utilizar para elegir aquellos cuyas cifras amplifiquen su miseria y así reivindicar una mayor porción de la tarta de la economía nacional. Vamos concluyendo, bienvenido sea el debate. Temas y recomendaciones están claramente explicitados en el Informe.

Falta por discutirse los valores, la implicación de los distintos socios, la priorización de los mejores indicadores y compartirlos, de manera que sirvan para medir los progresos social y económico. Las naciones deben tener suficiente amplitud de miras para ver más allá de sus fronteras geográficas y psicológicas. No estamos sólo ante un problema de métrica. En juego está dotarnos de medidas que sirvan mejor para conocer con más detalle nuestro grado de felicidad.

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