Salud y desigualdades económicas

La crisis económica sistémica que comenzó en el verano de 2007 ha agravado el problema de la pobreza a nivel planetario. Una de cada cinco personas viven en extrema pobreza. La política económica de distintos países, desarrollados y en desarrollo, es sistemáticamente diseñada y evaluada en términos del producto interior bruto. Nadie duda que el crecimiento del PIB es un buen instrumento para medir la riqueza y para luchar contra la pobreza. Sin embargo, las series históricas no muestran que un mayor crecimiento garantiza una reducción más importante de la pobreza. Hay, por tanto, que buscar en otros factores. La evidencia empírica señala dos, el primero, la desigual distribución de la renta. El segundo, es la calidad de las instituciones políticas y económicas.

El crecimiento económico puede conducir a una mayor o menor desigualdad dependiendo del mecanismo que se articule para distribuir entre la población la renta generada con el crecimiento. Y, precisamente, el tipo de distribución de la renta depende de las instituciones políticas y económicas vigentes en el país. Así, una deficiente calidad institucional será un freno a la reducción de la pobreza. El crecimiento puede reducir la desigualdad si el mecanismo vigente de distribución de la renta es favorable. Pero el crecimiento también puede aumentar la desigualdad si, en presencia de instituciones políticas deficientes, los grupos afines encuentran modos de apropiarse de una parte de la renta generada con el crecimiento económico. En este caso la reducción de la renta será mínima. La desigualdad juega un papel importante en la reducción de la pobreza, al limitar las posibilidades de crecimiento. Este efecto se explica por: 1. Una sociedad desigual empuja a que los grupos afines al poder instauran instituciones económicas deficientes que permiten el desvío en su favor de rentas generadas por el esfuerzo individual de los ciudadanos privados, reduciendo los incentivos a la inversión y la innovación; 2. Unos mercados de capitales imperfectos imponen exigencias excesivas para obtener créditos a las personas de menor renta para emprender, especialmente en los jóvenes y; 3. Una distribución de renta que discrimine diferencias de talento y mérito, generara poca movilidad social, tendiendo a mantener el nivel de desigualdad e inhibiendo el crecimiento, al reducir los incentivos al esfuerzo y estimular comportamientos de parasitismo social, que desafortunadamente vemos en algunos jóvenes.

Mejorar la educación, poner el foco en la salud, con difusión de información de salud pública dirigida a reducir inequidades con especial atención a los determinantes socioeconómicos y cognitivoconductuales, son algunos de los aspectos que trataremos en la conferencia debate sobre “Salud, riqueza y estilos de vida” que tendrá lugar el próximo29 de noviembre en la Fundación Ramón Areces

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