El paciente español entrando en la UCI y Europa entre el abismo y la esperanza

El resultado de las políticas de austeridad en la economía y en la sociedad de la zona euro es desolador. Grecia, Portugal, Irlanda, intervenidas. Italia y España con todas las alarmas rojas encendidas. La recesión, el paro, la inseguridad financiera, el pesimismo, la desesperación, cada vez más presentes. La desesperanza ha impregnado hasta al Presidente español que en tono sombrío dijo en el Parlamento: “España no puede financiarse mucho tiempo a estos precios. Así es muy difícil que la economía pueda crecer”.

 Los Gobiernos, con independencia de su voluntad, aplican las políticas de recorte y arrojan a millones de ciudadanos a la miseria, en condiciones de vida inhumanas.

La voz de la Comisión Europea, la Institución responsable de la aplicación de los Tratados y de la defensa del interés general, es tan débil, que casi ha dejado de oírse. Durante estos años, solamente se ha oído con fuerza la voz de Angela Merkel, acompañada de Nicolás Sarkozy, que ha apoyado las políticas asfixiantes de la Canciller Alemana.

 Fuera de la Unión, el mundo ha entrado en un proceso de cambio profundo e irreversible donde Occidente no encuentra su sitio y el centro de gravedad se desplaza hacia Asia. En este contexto, a nadie debe extrañar el desarraigo, la angustia, la desorientación de millones de ciudadanos.

 Pero la UE, en su ya larga experiencia, ha conocido otras situaciones que se consideraban insuperables. Su nacimiento tuvo lugar entre las ruinas y el horror de la Segunda Guerra Mundial. Se terminaba un mundo y empezaba otro, en un ambiente de desconfianza y de odio. En una realidad tan difícil, un puñado de hombres supo concebir, convencer y aplicar el proyecto europeo más amplio de unidad política, a través de la integración económica.

 En España, la situación es crítica, uno de cada cuatro euros de gasto público ya se tiene que destinar a pagar los intereses de la deuda. Se precisa detener esta sangría. Los ajustes de bisturí, que no de tijera, son inevitables. Sin la UE no salimos solos. En un mundo globalizado el tamaño importa. Europa es la solución, no el problema. La austeridad se impone como guía con estímulos eficaces al crecimiento económico. También el rigor en la ejecución de las políticas públicas y una lucha sin cuartel contra cualquier corrupción, pequeña o grande. Hay que cambiar de comportamiento y ser austeros. La medicina es amarga y de difícil digestión pero no hay otra alternativa. Solo medidas ejemplarizantes desde lo público y lo privado, con bajadas de sueldos de los directivos, eliminación de cargos superfluos, desaparición de instituciones sin sentido y duplicadas, cumplimiento estricto con el fisco, emerger toda la actividad económica sumergida que se pueda y, sobre todo, no hacer trampas ni cambalaches cortoplacistas. Si no se actúa enérgicamente y con prontitud (teníamos que haberlo hecho en 2008), tardemos mucho más en salir de esta crítica situación que nadie sabe a donde nos puede llevar.

 Cuando el Tratado de Maastricht introdujo el euro, se sabía y se dijo que la moneda única nacía sin los medios y sin el respaldo necesario para hacer frente con éxito a las futuras dificultades. En estas condiciones, la crisis del euro, para muchos especialistas, hubiese sido inevitable más tarde o más temprano.

 En cada etapa de la UE, los beneficios derivados de una integración económica más profunda, avanzaban parejos con un mayor nivel de integración política. La decisión de una moneda común no ha ido pareja con el nivel de integración política, necesario para garantizar el éxito de la operación.

 De nada sirve lamentarse ahora del paso dado, porque no hay alternativa mejor de recambio. La solución, si no se quiere entrar en una situación de consecuencias imprevisibles, pasa por realizar las reformas para lograr una integración política  que garantice el éxito del euro. Tarea no fácil pero posible, que debió hacerse con el Tratado de Maastricht y que entonces no se hizo.

 Ahora, muchos ciudadanos están convencidos que los sacrificios inhumanos que se les pide no sirven para solucionar sus problemas. Contemplan sin esperanza el derrumbe a su alrededor, sin que nadie les explique con claridad el sentido de su sacrificio y cómo su esfuerzo servirá para salir de la desesperación en que se encuentran.

 En esta sociedad que hemos creado, todos los extremismos son posibles si no reaccionamos con premura. Parece una evidencia ya, que solamente las políticas de austeridad no van a permitir solucionar la situación económica de la zona euro. El cambio de mentalidad ha empezado a abrirse camino entre los líderes de la UE y, aunque muy lejos todavía de un plan concreto, se empieza a hablar de un pacto de crecimiento parejo a medidas de ajuste y contención del gasto público por la caída a plomo de los ingresos fiscales.

 En los próximos meses veremos qué letra pone Hollande a la hermosa partitura sobre la Europa que nos ha presentado en su campaña electoral. Si consigue desencadenar un movimiento y formar una mayoría capaz de expresar, no de palabras sino con hechos, la voluntad irreversible de la Unión Europea de mantener su unidad, de la que el Euro se ha convertido en símbolo, la confianza volverá a los mercados y la esperanza a los ciudadanos. En un mundo que se transforma a un ritmo vertiginoso, el mejor futuro para nosotros y para nuestros hijos es Europa.

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